Una aldea construida a la orilla de un río de aguas diáfanas, llamada Macondo, contaba con veinte casas de barro y caña brava que se precipitaba por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos.
Para mencionar las cosas había que señalarlas con el dedo debido a que muchas cosas carecían de nombre por ser un mundo tan reciente.
Ese hombre gris que señalaron era yo, ese poco de agua que observaron era una gota cayendo por mi rostro.
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